Índice de la Hemeroteca sobre Llanes

Revista de Asturias nº16
15 de junio de 1879

Repoblación

de los montes asturianos

Más de un año hace ya que apareció en la REVISTA DE ASTURIAS un bien concebido y redactado articulo en que, por persona facultativa y conocedora del país, se daba cuenta del triste estado de nuestros montes y se pedían en nombre de respetables intereses medidas reparadoras siempre convenientes, pero menos oportunas y fáciles a medida que los años van trascurriendo. El párrafo final del aludido artículo, decía así: “el funcionario que hallándose al frente de este ramo de la administración, lograse dar el primer paso en esta senda de regeneración, se haría con justicia acreedor al reconocimiento de la provincia entera.”

Recordando nosotros este antecedente y habiendo tenido ahora ocasión de ver la notable Memoria que el Ingeniero Jefe de este distrito forestal, nuestro particular amigo D. Domingo Álvarez Arenas, acaba de remitir a la Dirección general de instrucción pública, Agricultura e Industria, vamos a permitirnos, dando por hechas todas las salvedades a que nuestra falta de competencia nos obliga, algunas consideraciones que el asunto nos sugiera y las en que sustancialmente queden condensadas aquellas más completas y extensas del aludido trabajo.

Muchas veces y en todos los tonos se han celebrado las excelencias y los grandes beneficios de los árboles, y el artista como el historiador, el naturalista como el filósofo, el médico como el industrial, han encontrado en ellos motivos para estudios interesantes, para sorprendentes revelaciones, para aplicaciones útiles numerosísimas. No es nuestro objeto hoy discurrir por caminos que unos desconozcan, que a otros no interesen, que aprovechen de un modo determinado a los que cultivan una especial aptitud de nuestras facultades: tendiendo a un fin esencialmente práctico y buscando aquello más saliente y general que a todos toque, diremos en brevísimas frases que los árboles, como elemento importantísimo del reino vegetal, realizan la próvida misión de mantener en equilibrio los elementos del aire que respiramos, modifican de favorable manera las condiciones meteorológicas e higiénicas de las localidades en que se encuentran, amparan y defienden los valles destinados al delicado cultivo agrario permanente, rinden a la continua utilidades que tanto aprovechan al labrador y a los ganados con la poda, el ramoneo etc., ofrecen en la corta maderas de valor y empleo harto significativos, y acaban por tocar con su influjo al alma que se recrea con deleite en su belleza y que aún se perfecciona y ennoblece por su mediación. Y qué, ¿no nos importa a todos respirar un aire oxigenado y puro, vivir sanos y robustos, vernos libres en todo o en parte de terribles inundaciones y de huracanados vientos, recoger en las vegas copiosas cosechas, aumentar todo lo posible la riqueza pecuaria del país, hallar a mano la leña que mitiga los rigores invernales, la madera de construcción con que levantamos los edificios, fabricarnos los buques y atendemos a mil diarias necesidades de comodidad y provecho, sentir los halagos de placeres exentos de hastío y de torcedores y procurar la elevación de nuestro nivel moral?

Pues si todo esto es tan práctico y tangible, cómo explicarnos las talas verdaderamente salvajes que han venido haciéndose en los montes maderables, el abandono y el olvido en que se ve puesto un tan importante ramo de bienestar y riqueza? Por que no se trata aquí de las roturaciones convenientes y de lo que por la extensión de otro género de atenciones agrícolas hayan de sufrir los bosques en terrenos de aprovechamiento más efectivo; se trata de un destrozo que parece erigido en sistema, que destruye para no crear, que quita y no reemplaza, que busca la satisfacción de un momento para topar con la indigencia de mucho tiempo, que todo lo perjudica por sorprender la mísera utilidad de algo. Y si esto es así y si ello implica ignorancia, egoísmo y perversidad, necesario es que cada uno en la medida de sus tuerzas y, sobre todo, la administración, con las muchas de que dispone, cuide de reparar el mal sin descanso y de evitarle para lo sucesivo en cuanto posible sea. ¿Quién sino el ignorante destruiría, por ejemplo, los rodales que en la empinada loma aseguran la tierra vegetal, e impidiendo que la verde pendiente se trueque en árida y desnuda roca, impiden al par que las tierras bajas de labor sufran la invasión de despojos que las esterilicen? ¿Quién sino el egoísta se aprovecharía en un instante de lo que sus prudentes ante pasados hicieron, y blandiría sólo el hacha destructora sin cuidarse del bien de los otros ni de las necesidades del mañana? ¿Quién sino el perverso aplicaría la incendiaria tea a la frondosa selva, despojaría de su corteza a los lozanos árboles, troncharía la vigorosa rama y dejaría detrás de sí tan inequívocas muestras de barbarie y de feroz instinto, cuando ni siquiera puede invocar un aparente título de propiedad particular, que tampoco, ni aún siendo verdadero y antiquísimo, justificaría la obra del capricho y del aniquilamiento estéril ó poco menos?

Y no se crea que este linaje de reflexiones huelguen aquí o vengan sólo á servir de formularia introducción para el caso concreto á que vamos á referirnos, porque todos esos males se ven y se palpan en esta nuestra provincia, antes espléndida por sus montes altos y ahora castigada en tal punto hasta un extremo inconcebible. El árbol viene siendo perseguido en Asturias por el particular en sus propios dominios, por los vecinos en los montes de utilidad pública, por los pastores en los elevados puntos a donde conducen sus ganados, por estos mismos que destrozan los retoños sin que nadie lo impida, por la apatía y la incuria donde no por la malicia y la mal entendida especulación. A aquellos capitales orígenes del daño que acabamos de subrayar, hay que añadir, pues, como estimulantes de ellos, secundarios factores, las crecientes necesidades y la penuria de estos tiempos, la excesiva división de la propiedad, la hasta aquí no muy bien entendida ni muy celosa gestión administrativa, la viciosa manera con que se llevó á cabo la venta de los bienes nacionales que despertó con harto conocidos señuelos ambiciones temerarias en gentes faltas de recursos, la impunidad con que se dejó hacer mucho que merecía correctivo severo, etcétera, etc.

Lo cierto es que el mal existe, y dejando a un lado lo que a la gestión individual de los propietarios atañe y ciñéndonos a lo que es propio asunto de la Memoria que da margen a este artículo, nos encontramos con la tristemente exacta noticia de que el estado de los montes de Asturias es muy deplorable, y con que numerosos terrenos inútiles para todo otro aprovechamiento, permanecen siendo sierras escuetas y ásperas, extensiones desiertas y estériles, cuando cabe en lo posible que se conviertan en defensa y auxilio de la agricultura y en asiento de benéfica hermosura y cierta riqueza para lo porvenir. Respecto a lo primero dícese en la Memoria que los montes altos de este distrito, situados en su mayor parte en los partidos judiciales de Llanes, Cangas de Onís, Laviana, Lena, Belmonte y Cangas de Tineo, en las montañas de cuyos concejos se han replegado en estrecha y larga faja que corre de Este a Oeste paralela a la cordillera cantábrica, vencidos en las líneas más avanzadas por medios de destrucción de toda clase, más que montes son restos de montes, salvados gracias á la posición casi inexpugnable que hoy ocupan, debida a la escabrosidad del terreno y a la carencia absoluta de medios de comunicación. Extensos calveros lo invaden todo, los rodales que restan carecen de repoblado joven, siendo devoradas sin estorbo por los ganados las plantas tiernas, y los árboles están sumamente espaciados, merced a lo cual el suelo se cubre de espeso césped y las plantas invasoras, tales como el brezo, la arandanera, los helechos etcétera, se van apoderando de la superficie dificultando cada vez más la repoblación natural. Los aludidos calveros dentro de los mismos montes suman más de cincuenta mil hectáreas, esto es, sobre la mitad de la extensión que se supone á los montes catalogados. Pero hay además, en las secciones del Este, Central y del Oeste, según queda indicado, una porción de tierras calvas y montes llamados aquí de aprovechamiento común, vestidos en su mayor parte de árgoma y brezo, terrenos a todas luces impropios para un cultivo agrario permanente y aprovechables, desde luego para el fin propuesto; y esto viene á dar otra gran suma de hectáreas que, como las anteriores y a juicio del Sr. Álvarez Arenas, deben ser repobladas, hallándose enclavadas evidentemente en la zona forestal de esta extensa y montuosa provincia, cuya total cabida pasa de un millón de hectáreas.

Pártese para llevar a cabo tan plausible pensamiento de una afirmación inconcusa, y es lo favorable de las condiciones de nuestra provincia para el cultivo del monte alto, según se deduce de las noticias relativas a la topografía, clima, geología y geognosia con que el autor ilustra su Memoria. Con efecto: el estado general de la atmósfera de aquí de 120 a 121 centímetros de lluvia procedentes de 132 días lluviosos, 4 en el invierno, 29 en el verano, 31 en la primavera y 38 en ,el otoño, siendo los más abundantes en agua los meses de Noviembre, Febrero, Abril y Mayo; la humedad relativa media anual es de 82°, y de 83, 81, 79 y 85 1a de invierno, primavera, verano y otoño respectivamente. La temperatura media del año es de 12° 5 la máxima de 32° y la mínima de 1°. La altura media del barómetro es de 742,24 milímetros: la máxima de 752 a 753 y la mínima de 721 a 722. Claro se ve, pues, que el clima de Asturias debe calificarse de húmedo y templado, teniendo aplicación los datos a las tres zonas en que se considera dividida, sin más que advertir que en la parte Sur y Sudeste de la central son más densas y continuas las nieblas y que en el centro de la del litoral (explanadas de Llanera, Avilés, Gijón, Villaviciosa, etc.) llueve menos, la atmósfera está más limpia, por no estar tan quebrados los vientos, y la temperatura media debe calcularse en dos grados más.

Relativamente al suelo, sabido es que en las 340 leguas cuadradas de la provincia la estructura orográfica es complicadísima y las tres series principales de montañas que cabe distinguir, cruzan con sus múltiples ramificaciones el territorio, que si en la región central y en la faja costanera presenta partes más llanas y valles más anchos, ofrece en general profundas cañadas, rápidas pendientes, barrancos, cortaduras, accidentes numerosísimos que originan á su vez una hidrografía complicada también. En cuanto a la composición de este suelo, gráfica y escrupulosamente determinada por el ilustre Schulz, baste decir que ninguna de las seis grandes clases en que la geología divide los terrenos falta en Asturías, aunque en las formaciones secundarias y terciarias no aparezcan completos los órdenes o series en que se subdividen.

Pues ahora bien: una atmósfera húmeda y nebulosa, un clima templado y una topografía muy accidentada, son condiciones que hacen de Asturias una comarca espacialísima para el cultivo forestal: 1.° porque las circunstancias para la vida y des arrollo del árbol están reunidas con evidencia; 2.° porque si es siempre verdad que la agricultura y la selvicultura se auxilian y se hermanan, aquí de singular modo demanda aquella tal amparo y hermandad que a la vez ha de fomentar visiblemente el fomento de la ganadería.

Entra ahora la cuestión acerca de las especies que deben ser preferidas para la repoblación de los montes de este distrito, y el Sr. Álvarez Arenas tiene con razón en cuenta para decidirse cuales son las que espontáneamente vegetan en buenas condiciones y cuales las que han de proporcionar utilidades mayores: bajo el primer punto de vista se decide por el roble y el haya, y atendiendo al segundo opina por que se adopte alguna especie resinosa, que al par que sirva más para construcciones que el haya y se desarrolle antes que el roble, esté menos expuesta a la destrucción que los ganados ocasionan, por serles menos apetecida. Claro es que nuestro entendido amigo acomoda su elección a las localidades donde han de hacerse las repoblaciones y recoge las observaciones del perito y las enseñanzas de la naturaleza en este punto: así se sabe que el haya manifiesta aquí una marcada predilección por los suelos calizos, procedentes en su mayor parte de la descomposición de la caliza de montaña perteneciente a la formación carbonífera, mientras, por el contrario, prefiere el roble los suelos silíceos y arcillosos, resultado de la descomposición de las areniscas y granwakas del terreno siluriano.

Visto el estado de los montes de Asturias, determinada la extensión que debe darse a la repoblación, expuestas las condiciones favorabilísimas y convenientes que aquí concurren para el desarrollo forestal, indicadas las especies que han de preferirse en la obra propuesta, el ilustrado ingeniero pasa a detallar el procedimiento que ha de adoptarse según los casos y a calcular los gastos que han de originarse en su consecuencia, puntos ambos de importancia incuestionable, que para ser esclarecidos en debida forma requieren que se distinga el terreno que se trata de repoblar y la especie que va a emplearse. Obvio es que en los calveros recientes situados dentro de los mismos montes (y aquí es donde primero urge aplicar el re medio) la repoblación es más fácil dados los elementos que nuestra provincia ofrece a la vegetación arbórea: así el sencillo método de acotarlos y cerrarlos para que los ganados no penetren y sí prosperen los nuevos brotes, puede satisfacer los deseos sentidos; pero en los terrenos en que repetidos incendios han concluido con los gérmenes y las lluvias han arrastrado la escasa capa de tierra vegetal, el simple cerramiento no puede ser lo definitivo, aunque si preparatorio, dejando a la naturaleza la tarea de mejorar la disposición del suelo para la ulterior siembra. En los extensos rasos, apartados de las masas de árboles, será precisa mayor labor, removiendo el suelo lo menos posible en las pendientes de gran inclinación, a fin de evitar los arrastres de las lluvias, y desbrozándole de los matorrales elevados y espesos. Cuando la repoblación sea con la especie de roble, ha de adoptarse por regla general la siembra por fajas alternas, y cuando con la de haya, “a golpes” y sin olvidar que esta especie necesita en los primeros años protección y abrigo, que le dispensarán los mismos brezos y argomales existentes, siempre que no sean excesivos. Los gastos, según esto, diferirán por el método de cultivo que deba emplearse, por el estado del suelo y la proximidad de los terrenos a las masas de arbolado. Suponiendo que la recolección y trasporte de un hectolitro de hayuco hasta el sitio de la siembra cuesta tres pesetas por término medio y admitiendo que en cada hectárea se inviertan cuatro hectolitros y cinco jornales de mujeres o adultos a peseta el jornal, para sembrar a golpes, resultará un gasto por hectárea de diez y siete pesetas; la siembra de la bellota, requiriendo como dijimos la rotura de las fajas, aumentará por de pronto y por lo menos en diez pesetas el gasto, y aunque el precio de la bellota necesaria se suponga igual al del hayuco, resultarán ya veintidós pesetas a las que hay que agregar otras diez que costarán los trasplantes, si fueran necesarios para completar la repoblacion: total treinta y dos pesetas. Al consignar el Sr. Arenas, por último, que las se millas pueden obtenerse con menor gasto de los montes catalogados, da a conocer la necesidad de un depósito o granero, por lo menos, para contenerlas, en cada una de las tres secciones oriental, central y occidental, teniendo en cuenta que el roble y el haya son especies veceras, que trascurren en ocasiones tres ó más años sin que den semillas y que no deben paralizarse en años de escasez las operaciones de la siembra; mas aunque estos depósitos supongan algún aumento en el presupuesto por de pronto, resultará después compensado el gasto con lo más completo del resultado y la economía en el trasporte de las semillas.

Aquí terminan los datos de la Memoria que analizamos y aquí vamos a soltar la pluma, después de felicitar a nuestro particular y docto amigo por su trabajo, y de dirigir calurosa excitación a los centros oficiales de que han de partir el impulso y el desarrollo de la empresa que nos ocupa. Cierto que ésta es costosa y larga, pero no se olviden los infinitos bienes que su realización ha de acarrear, bienes de que á la postre participará en gran modo el Estado; no se deje de hacer algo cuando menos, ya que todo no sea hacedero de una vez; piénsese que cada año que pasa crece la gravedad del mal y la dificultad del remedio; obsérvese cómo Asturias, que ve de día en día blanquear las desnudas montañas antes vestidas de verde follaje, desaparecer los prados naturales que antes se criaban a la vera de los riachuelos y al amparo del arbolado, amenazar las inundaciones sus feraces valles, escasear las cortezas curtientes, faltar medios de vida en regiones antaño aptas para el bien del hombre y de los ganados, tiene ya severas lecciones aprendidas que no puede desaprovechar, expía sus errores de ayer con los males de hoy, y vese obligada a importar al año del norte de Europa por miles de metros cúbicos las maderas que necesita; adviértase, en fin, que todas las naciones, aún algunas que por su estado de cultura no prometían hacerlo así, se preocupan grandemente con la cuestión forestal á la que se ligan tantas otras capitales y que entraña en sí propia veneros de importante riqueza.

Félix de Aramburu y Zuloaga
Revista de Asturias nº 16 - 15 de junio de 1879

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