Apuntes de Llanes

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Capítulo VIII, Libro IV.

Últimos poseedores de la Casa de Inguanzo

I. D. Juan Antonio de Inguanzo

D. Juan Antonio de Inguanzo y Rivero, primogénito y sucesor en los vínculos, patronatos y regalías que poseyeron sus padres don Antonio de Inguanzo y Posada y doña Maria Teresa de Rivero y Valdés, nació en su casa–palacio de la Herrería en el año de 1751. En Llanes cursó las primeras letras, y en el monasterio de monges Benedictinos de San Salvador de Celorio, latinidad y filosofía.

Fue un distinguido jurisconsulto, muy versado en la ciencia del Derecho, y de una laboriosidad poco común, mereciendo por ello que se le confiaran los difíciles cargos que desempeñó.

Fue Juez especial en la famosa causa de El Escorial, formada a principios de este siglo XIX, nacida de la intriga palatina y de la debilidad régia; después fue Regente de la Audiencia de Cáceres, y últimamente del Consejo de S. M. en el Real y Supremo de Castilla.

Casó en Brozas de Extremadura con doña Antonia de Porres y Topete, de la muy ilustre y antigua casa de los condes de Canilleros, y tuvo por sus hijos legítimos a don Pedro Inguanzo y Porres, sucesor en la casa, de quien hablaremos en el último número de este Capítulo, y a don Manuel de Inguanzo que murió sin haber tomado estado.

El insigne don Juan Antonio de Inguanzo y Rivero fue sorprendido por la muerte, yendo de Llanes para Madrid, en Villacastin, provincia de Segovia, el dia 20 de Junio del año de 1814.

II. El Cardenal Inguanzo.

El Emmo. Sr. don Pedro de Inguanzo y Rivero, hijo de don Antonio de Inguanzo y Posada y de doña María Teresa Rivero y Valdés, y hermano del distinguido jurisconsulto señor don Juan Antonio de Inguanzo, de quien hablamos en el anterior número, nació, también como este, en el palacio de la Herrería de la parroquia de Vibaño el 22 de Diciembre de 1764, y a pesar del rigor del invierno, le trajeron a bautizar a Llanes el dia 29 del mismo mes, cosa estraña pero facil de comprender si se tiene en cuenta, que entre los pretendientes a los Beneficios curados de la Iglesia parroquial de esta villa, eran preferidos los bautizados en su pila, llamados Pilongos, cuidándose mucho de esto las familias acomodadas del Concejo, sobre todo en aquellos tiempos en que la Iglesia era tan productiva, y tan pocos caminos que recorrer se ofrecian a la humana inteligencia.

Gloria del Concejo de Llanes su cuna, de Asturias y de España entera fue don Pedro Inguanzo y Rivero. De niño, cursó primeras letras en la escuela pública de esta villa, y después latinidad, filosofía y teología en el colegio del convento de Benedictinos de San Salvador de Celorio, revelando un entendimiento claro, el que auxiliado por su gran constancia en el estudio, pronto le facilitó lugar distinguido entre los sabios de su tiempo.

Siendo familiar del Arzobispo de Sevilla, también asturiano señor Llanes, tuvo éste que proveer una prebenda de su Iglesia, solicitada a la vez por dos de sus familiares, uno de los cuales era Inguanzo, quien no obstante su mucho saber y virtudes, fue preferido, aoraciándose al otro pretendiente, porque decía el señor Llanes con referencia a Inguanzo–«este no necesita favor, él se abrirá camino»– y con efecto, cumpliéndose la profecía del Arzobispo, al poco tiempo ganaba en público certámen la Doctoralía de la Catedral de Oviedo.

Los sucesos políticos de los primeros años del presente siglo, su reputación científica y su acendrado españolismo, llevaron a Inguanzo a las Cortes de Cádiz, representando la provincia de Asturias, y en este Parlamento, pronto se distinguió por su saber y elocuencia, por sus ideas absolutistas y por su intolerancia en materias religiosas. A su iniciativa proponiendo que el artículo doce de la constitución especificara que la Réligión Católica debía subsistir perpétuamente, sin que alguno que no la profesase pudiera ser tenido por español ni gozar los derechos de tal, se debe el que ese artículo quedase tal cual le conocemos.

Vuelto el Rey a España en 1814, el Doctoral de Oviedo don Pedro Inguanzo fue promovido al Obispado de Zamora, y posteriormente al Arzobispado de Toledo, y a Cardenal de la Santa Iglesia Romana, en posesión de cuyas altas dignidades eclesiásticas, murió a las doce de la mañana el dia 30 de Enero de 1136 a los setenta y un años de edad cumplidos.

Como Cardenal, asistió Inguanzo al Cónclave en que resultó elegido Papa Gregorio XVI, mereciendo nuestro paisano la distinción de haber obtenido en aquella Asamblea varios votos para la suprema dignidad de la Iglesia Católica. En su viaje a Roma le acompañó su secretario de cámara don Joaquin Fernández Cortina, canónigo a la sazón de Toledo, y después Obispo de Sigüenza, persona eminente natural de Pendueles.

Fue Inguanzo notable entre los notables canonistas de su época, y sus discursos abundantes de erudición, y sus escritos que revelan al hombre de estudio, al profundo pensador y al creyente inflexible, ya sobre el dominio de los bienes de la Iglesia, y sobre la confirmación de los Obispos, ora impugnando el informe sobre la ley Agraria del inmortal Jovellanos y el tratado de desamortización de Campomanes, ya sobre otras áridas y trascendentales materias, mereceran siempre el alto respeto y la elevada consideración que su autor recabó de todos los hombres sabios de su tiempo.

De carácter duro e inquebrantable, de vida austera y severas costumbres, entregado al estudio y a la meditación, se distinguió no obstante por el amor a su pais, dispensando favores sin tasa a los pueblos en que estuvo, y a los paisanos que mostraban afición al estúdio y amor a la sabiduría.

Muchos asturianos que después han brillado por su ciencia y virtudes, fueron protegidos de Inguanzo, y la catedral de Oviedo, y la de Zamora, y la imperial Toledo, y la Iglesia de Llanes, y su pueblo nativo conservan recuerdos imperecederos de la generosidad del sabio Cardenal.

Sobre el Bedón, en la Herrería, se construyó a sus espensas un magnífico puente de piedra labrada; a sus espensas también, se construyó en 1830 en la Iglesia parroquial de Llanes el actual monumento para la Semana Santa; el altar de la tercera orden en que se venera al Santo Cristo de la penitencia, altar de privilegio para la reserva del Santísimo Sacramento; se colocó el pavimento de piedra labrada en la misma Iglesia, a la cual enriqueció además con costosos ornamentos, vasos sagrados, valiosas alhajas y tapices de valor y mérito grande, estos perdidos hoy, no por estragos del tiempo, sino por incuria y abandono imperdonable.

La Catedral de Oviedo, y todas las parroquias de la Diócesis donde tenía rentas la capellanía de San lldefonso, que obtuvo en aquella iglesia, deudoras son a Inguanzo de regalos de gran valor, consistentes tambien en ornamentos, alhajas y vasos sagrados; e iguales pruebas de su munificencia recibió la catedral de Zamora y otros pueblos de esta Diócesis.

Toledo le debe, entre otros muchos beneficios, la construcción de su Seminario conciliar, cuya obra grandiosa emprendió por su cuenta, encargando a sus sucesores que la lleven adelante si a él no le fuese dado acabarla.

Los pobres de todos los puntos donde estuvo, recibieron del Cardenal Inguanzo pruebas inconcusas de la ardiente caridad cristiana de que se hallaba animado, no siendo de los menos favorecidos este pueblo de Llanes, a cuyo gremio de mareantes regaló una lancha de altura, equipada de todo lo necesario, y de lo mas acabado de su tiempo.

También, por último, dejó un no pequeño legado para mejoras de esta villa, que después de algunos años se hizo efectivo con sus correspondientes intereses, aplicándose a reparaciones necesarias de nuestra Iglesia parroquial; a la construcción de un paseo al lado del convento de monjas Agustinas, hoy colegio de primera y segunda enseñanza; a la nivelación, empedrado y aceras de la plaza Mayor; y a la importante útil y necesaria obra reclamada por los vecinos, de elevar las aguas de la única fuente pública, para que no fuese invadida por las mareas, como se realizó, ostentando diez abundantes caños, un lavadero cubierto, y un estanque bebedero o pilón para ganados, todo independiente.

Nunca dobló su cerviz el Cardenal Inguanzo a los poderes de la tierra si de él exigían cosas contrarias a su conciencia, y así se vió, que consentía salir desterrado de su Diócesis antes que prestar el juramento que de él se exigía a la reina doña Isabel II. Prestó y prometió por escrito sumisión y obediencia, pleito homenage a los poderes constituidos después de la muerte de Fernando VII; juró por escrito obediencia, vasallaje y fidelidad, aceptando el hecho de la elevación al trono de doña Isabel; mas en cuanto al derecho, solo le juró también por escrito, cual le tenga delante de Dios y de los hombres, segun las leyes del Reino: y como de él se quería juramento individual y solemne, lo cual le ofrecían dudas y escrúpulos de ahí que sufriera con resignación verdaderamente evangélica las persecuciones de que fue objeto.

Para terminar estos apuntes biográficos del Eminentísimo y Excelentísimo señor Cardenal Inguanzo, Primado de las Españas, tomados en su mayor parte de los que el señor Saro escribió en sus «Pequeñas Jomadas», vamos a permitimos publicar, tres de las comunicaciones que el mismo Cardenal dirigió a la Secretaría de la cámara de Castilla, contestación a tres reales órdenes sobre la jura: dicen así:

«Por mandado del Corregidor de esta ciudad, he recibido el oficio de V. S. de 13 del corriente, que me remite el acuerdo de la cámara, relativo al juramento y pleito homenage de la reina nuestra señora doña Maria Isabel II como heredera de estos reinos a falta de varón, y a la respuesta por mi dada sobre el particular en 4 de Diciembre último.»

«y ahora no puede menos de llamar mucho mi atención las notables dilaciones que se reparan de mi parte como causa influyente en mis escusas a la prestación del juramento, las mismas (se añade) que han dado lugar a que ahora lo estime yo como intempestivo. Pero en esto padece la cámara una verdadera equivocación por carecer de la noticia necesaria de los hechos y antecedentes del negocio; de los que instruida que sea, no dudo que se desengañará y mandará su modo de pensar en este punto, que también a mi me conviene sea bien conocido por todos; y para el efecto los informará aquí puntualmente».

«Si el Cardenal Arzobispo se detuvo y no concurrió con los demás nombrados a la función de la jura el dia 20 de Junio del año próximo pasad6, fue más por disposición del rey mismo, que por causa ninguna o resistencia suya. Bién sabido es que los Prelados que habían de asistir a aquella función fueron designados y publicados en la Gaceta de 14 de Mayo del mismo año, entre ellos el Arzobispo de Toledo, aunque éste no como individuo de las Cortes, sino solo para celebrar y para recibir el juramento a todos los que habían de prestarle en ellas, y para él prestar tambien el suyo en manos de otro de los mismos Prelados. Pero es de saber tambien, que mucho antes de esto, ni tener la menor noticia de ello, en 25 del més de Abril precedente, había el Arzobispo pedido su pasaporte por la secretaría de Estado para pasar a las montañas de Santander (y aun meses antes tenía ya encargado el alojamiento) a causa de su quebrantada salud por disposición de los médicos; mas S. M. no vino en ello por entonces, y le comunicó su real orden por el Ministerio de Estado, fecha 30 del mismo Abril, para que suspendiese su viaje hasta que se celebrase dicha jura en 20 del siguiente Junio».

«Sucesívamente con fecha 21 de Mayo se me comunicó orden de la cámara para la asistencia y juramento en aquel mismo dia 20 de Junio: en efecto el Arzobispo, a virtud y cumplimiento de estas reales órdenes, suspendió su viaje y se dispuso cuanto estaba de su parte para concurrir a aquel acto, y precisamente para verificarlo pasó desde Toledo, donde se hallaba, a Madrid en los dias 10 y 11 del mismo Junio».

«Mas como en un negocio tan sumamente grave y trascendental a toda la nación, y materia entonces, como es notorio; de crítica y censuras vulgares, no podia menos de ofrecérsele algunos reparos, temores o escrúpulos acerca de un juramento, en su razón de que nunca se había tratado, ni sabía lo que era, ni todavía cual era su fórmula, de que nada se daba al público; y huyendo de sorprender con ningun reparo de esta clase en un acto tan serio y solemne como debía ser el de aquellas Cortes (de las que tampoco era individuo el Arzobispo) quiso dar antes a conocer de alguna manera al Gobierno sus dificultades y modo de pensar en la materia: y al efecto tuvo en aquellos dias (como a mediados de Junio) conferencias largas con los señores ministros de Gracia y Justicia y de Estado, de cuyas resultas con fecha 16 del propio mes recibió del mismo señor ministro de Estado una real orden de S. M. acompañada del pasaporte para que se pusiese en camino tan luego como lo juzgase conveniente, con el objeto de recuperarse de sus dolencias, en cuya consecuencia salí en efecto de Madrid el dia 19 por la tarde (de la Diócesis nó hasta el 4 de Julio) muy persuadido y satisfecho de que obraba en ello conforme a la voluntad de S. M. Y que iba relevado de todos los actos que me estaban impuestos por S. M., incluso el juramento propio, sin que ninguna otra autoridad pudiese mas repetir de mí su cumplimiento».

«Digo esto por que ¿qué ley hay en el cuerpo del derecho español que lo mande, ni autorice a ninguno para exigir de los Obispos, ni próceres y títulos del Reino tales juramentos individuales? yo no sé de ninguna, ni conozco otra para el caso que el precepto real de S. M. publicado para la tal celebridad y jura de la Princesa heredera por las personas señaladas: y si bién señaló también al de Toledo para que prestase su juramento en las cortes con los demás actos referidos de recepción del de los demás individuos, &c., así como le dispensó y relevó de todos estos por la licencia y autorización que le dió para ausentarse de la Corte, asi parece le relevó igualmente del juramento: y en verdad que en este concepto, sin ofrecérsele duda ninguna, se ausentó el Arzobispo, y estuvo en su ausencia, y después se confirmó mucho mas a su regreso, que fue entrando y haciendo la primera parada en su Diócesis el dia 28 de Septiembre, víspera del infaustísimo de la muerte del rey, que le hizo detenerse unos dias hasta mediados de Octubre que entró en Madrid: y de aquí a poco tiempo después (cerca de otro mes) se trasladó a esta ciudad de Toledo. Aquí fue en donde pasados algunos dias en la última semana del propio mes de Noviembre se le presentaron el caballero Corregidor y el Dean de esta Santa Iglesia de orden ya repetida de la Cámara con la comisión de recibirle el juramento, entregándole en el mismo acto otra especial de la misma cámara para el Arzobispo y para el mismo efecto fecha ya 23 de Agosto del propio año, a que dió su contestación el 4 de Diciembre del siguiente».

«Esta es la historia fiel y exacta de todos los pasos del Arzobispo en este negocio, por donde se verá si hubo de su parte la más mínima dilación en él, y menos que haya inducido de ninguna manera su escusación al juramento, ni el que hoy, después de la elevación al Trono de la señora reina doña Isabel, se tenga por inaplicable la fórmula dispuesta para jurarla como princesa heredera y sucesora».

«No señor, esta es una verdad de evidencia a todo el mundo, cuanto más a la ilustrada justificación de la cámara, de la que jamás ha imaginado, ni podido imaginar, que propusiese ni menos acordase un juramento vano, forzado ni ilícito de cualquiera manera, como ahora se le imputa también a aquel en dicho oficio por otra equivocación completa que también en esto se padece. Lo que el Arzobispo ha pensado de la Cámara, y de todos los que hayan tenido parte en la propuesta de la formula para jurar a S. M. la reina ya elevada al Trono, fue lo que pasa en todas las comunidades y cuerpos colegiados; es a saber, que todos se conducen regularmente en los casos de esta naturaleza, por las prácticas y costumbres, usos y estilo que aparecen de los estados anteriores, y aun esto suele dirigirse mas bien por los subalternos que por los superiores; y que as¡ procedieron todos de buena fe sin culpa ni tacha, practicando en la ocasión presente lo mismo que en todos los casos pasados de su clase; pero faltó el que se advirtiese la diferencia notabilísima entre los casos pasados de príncipes herederos y el actual de que tratamos».

«En lo primero, los príncipes de Asturias sucesores de la Corona fueron y permanecieron en el mismo, estando muchos y muchos años; por ejemplo, el señor don Femando VII veinte casi enteros desde fines de 1788 hasta el de 1808; y el rey su padre muchos más; y es indudable que durante tal estado de principes herederos con la misma verdad, exactitud y propiedad podían jurarse como tales en todos los veinte o treinta años hasta la sucesión a la Corona que en el primer dia de su principado».

«Mas al presente sucedió que el estado de princesa heredera de doña label II duró solo tres meses, pasando al de reina ya heredera y propietaria, por lo que no pudo regir mas ni acomodársele la fórmula dispuesta para princesa heredera como se regía y se acomodaba exactísimamente si se quería a los príncipes de Asturias, aunque fuesen pasados dos años después de su primera jura en Cortes, y no se verá ejemplar de que ninguno haya sido jurado como tal sucesor después de rey entronizado. Esto mismo parece debió regir y observarse ahora, o cuando se quisiese seguir juramentando a aquella todavía, varíase la formula por la que es propia de los reyes, o mas bien cesase en tales juramentos individuales de fuera de las Cortes, aun en el estado vigente de príncipes herederos que acaso sería lo mejor».

«Digo esto porque estoy muy distante de creer mi juramento por tan necesario como se figura en el oficio a que contesto; antes bien tengo por perjudicial a la Corona el darles tanta importancia como se les quiere dar y se les ha dado por el Gobierno mismo. Omito mis reflexiones sobre este punto por no alargar demasiado este papel».

«Pero no se entienda por ninguna expresión que yo repruebo las juras de Cortes, que antes bién las miro y tengo por muy útiles y convenientes al Estado, introducidas como fueron por un uso ciertamente laudable (por ley escrita por ninguna) y justísimo, dirigido a imprimir bien en los ánimos de todo el pueblo la certeza del suceso, y de asegurar tranquila y pacífica la sucesión del reino a su tiempo. En las otras privadas de mayorazgos o casas particulares, aunque sean las mas grandes y opulentas, no hay perjuicio ni riesgo alguno público, en que cuando muere el poseedor o vaquen de cualquiera manera, hayan competidores y pleitos, por que hay tambien tomados todos los remedios, y para eso están al pronto las autoridades y administración de justicia; mas para la sucesión del Trono en las vacantes no hay nada de esto, y habria sí en tales casos una anarquía y una guerra civil, la ruina total del Estado, como ahora desgraciadamente está sucediendo. De aquí la necesidad y la medida la mas sabia y patriótica la de anticipar durante el último Reinado la declaración pública del sucesor por la autoridad competente, sean Cortes o Cuerpos otros nacionales.»

«Por cuya autoridad reconociéndose y publicándose el sucesor lejítimo, queda expedita y corriente la sucesión de la Corona en cualquier tiempo que ocurra la vacante. Esta acta o declaración puede hacerse, ya cuando sobre la sucesión no ocurre duda ni reparo ninguno (que es lo que regularmente sucede) o cuando por desgracia sucede alguno; en el primer caso es una operación lisa y llana reducida a una pura ceremonia festiva; pero en el segundo podria complicarse y dilatarse segun la infinita gravedad e importancia del negocio. En todos casos es un acto declaratorio de la sucesión, y este es el verdadero nombre que le cuadra, y el rigoroso significado de la expresión, jura del Principe como viene llamandose vulgarmente, aunque no con plena exactitud a mi entender; y esto por la añadidura del juramento a tales actos o declaraciones, o estimandose que estos actos se hiciesen jurados a modo de sentencias juradas por todos y cada uno de los Cortesanos que producen la suya, a fin de estrechar mas y mas las conciencias y la justificación de los votos con el vínculo sagrado de un juramento público y solemne, y de inspirar mayor confianza a la nación que representan, y para quien y para su satisfacción se ordenan tales declaraciones, o llámense juras».

«En aquellas en que no ocurre reparo ninguno (como fueron casi todas las de tiempos pasados) se hacían y se hacen libremente sin tropiezo, Por que se jura una cosa indudable y notoria de hecho y de derecho, a saber, notoria la sangre y el nacimiento de la persona; notorias las leyes de sucesión, y notorio el sucesor sin la mas mínima dificultad. Merece recordarse aquí, por lo tocante a la notoriedad de los hechos la singular y extraordinaria formalidad que se practica en el nacimiento de las personas reales, convocando para su asistencia a los grandes personajes y primeras dignidades de la Corte, y hasta la representación de las extranjeras».

«Con lo dicho se satisface a la otra reflexión muy fuerte con que se me objeta, con el ejemplo de tantos prelados, Arzobispos y Obispos, y tantos personajes de todas clases del reino que hicieron el mismo juramento franca y sinceramente ya en las Cortes, ya fuera de ellas en los pueblos de su residencia, unos antes y otros después de haber subido al trono la señora Princesa, no siendo creible que la conciencia y sabiduría de tantos dignos prelados de la Iglesia de España, y de juicio y lealtad acrisolada de tantos Ilustres próceres, sea el Arzobispo de Toledo el único de opuesto dictámen, que pretende sea preferida su opinion particular para que desengañado deje de ofrecer a la justicia y a la paz pública su voto».

«Fuera de negar como no puede menos de negar, que yo pretenda ni haya pretendido nunca que sea preferida mi opinión particular en el caso, confieso en lo demás la fuerza del argumento, y ciertamente me confunde viendo mi infinita pequeñez e inferioridad en luces y discernimiento a todos lo demás, y el peso que tiene y debe tener tanta diferencia en el cálculo de los juicios humanos. Pero esto mismo me satisface por otra parte, pues que además de no ser delito ninguno el que un individuo lleve un dictámen diferente de todos los demás de un cuerpo, o de fuera de cuerpo, tiene su castigo, si mereciese alguno, como yo lo tendría en el desprecio con que sería mirada una opinión tan rara y singular, lejos de darla la menor importancia. Luego si mi retraimiento a la jura podía atribuirse a mi debilidad o ignorancia, como se acreditaba por los dictámenes de los demás señores directores del negocio, no podía esperar, sino el que se mirase como un parecer raro y despreciable del que no se hiciere caso».

«Es verdad que el buen juicio y la prudencia dictan que uno se acomode al dictamen del superior número de hombres doctos e inteligentes con preferencia al suyo propio, y mas cuando se versan interes públicos, reales y nacionales. Pero el juramento prohibido por el segundo mandamiento de la ley de Dios, tiene reglas peculiares más estrechas que las de otras leyes positivas, y que no pueden extenderse con tanta facilidad como estas, jurando a Dios la verdad y realidad de hechos o sentencias por noticias ú opiniones agenas contra las propias: fuera de que las opiniones o sentencias especulativas en materias opinables, nadie puede jurarlas como verdades o cosas ciertas, por que todo el mundo está sugeto a engaño en las opiniones que abrace».

«Pero aun en la máxima de seguir el mayor número, vendría bien cuando los negocios se traten en forma y se vean las razones y fundamentos; de lo contrario, sería conducirse a ciegas y contra lo que dicta la misma razón y el buen juicio; y nada de ello hemos visto en el asunto presente, en el cual me hallo yo desnudo absolutamente de toda otra luz ni razón que la que me dicta mi pobre entendimiento, aunque le tengo por el mas corto y miserable de todos».

«Fuera de que el Arzobispo lejos de oponerse ni pretender que prevaleciese su dictámen, se rindió y siguió cuanto en él estuvo, el de todos los demás, reconociendo como reconoció con todo respeto, sumisión y obediencia a la señora doña Isabel II ya en estado de princesa de Asturias, ya en el de reina, que fue el resultado que se buscaba de los votos de todos en la materia».

«Si no se encontró con el conocimiento y requisitos necesarios para jurar una cosa, esto no puede ofenderle lo más mínimo. Y esto en ninguna otra absolutamente media en el caso para que pueda tacharle de ningun apego a su propio dictámen».

«No se trata aquí la cuestión de derecho o pertenencia de la Corona. Ni le toca al Cardenal Arzobispo por su representación actual delarar acerca de ella sus opiniones o sentencias, que esto solo tendría lugar si se tratase el punto en alguna corporación o tribunal de que él fuese miembro; pero fuera de este caso no se mete ni quiere meterse en tal cuestión, ni a sostener la causa de ninguno de los interesados aspirantes a la sucesión, mucho menos con juramentos asertivos de su derecho como de una verdad, aun siendo para él desconocido, que sería un perjurio infame y un insulto a Dios nuestro señor y desprecio de su ley santísima, que es la primera y superior a todas las leyes humanas».

«Lo que para cualquier vasallo puede acomodarse en el caso del día, es la sumisión y obediencia, debida al soberano, o sea S. M. la reina constituida y entronizada desde la muerte del rey padre, como el Arzobispo la tiene prestada, y cumplida puntualmente, y a mayor abundamiento protestado en forma solemne en su primera respuesta ya citada, y lo repito en esta, ya que parece se le exige todavía, prometiendo como promete nuevamente la misma obediencia, respeto y sumisión debida de vasallo. Esto es cuanto puede exigirse a un súbdito; pero no que en las cuestiones políticas que se ofrezcan, tenga tal o cual modo de pensar, ésta opinión o la otra, y menos si llega un caso cuestionable, haga un juramento público a Dios y a una cruz de una cosa contraria a su entender, o que lejos de ser tan cierta y segura para él, como debía ser para jurarla, le ofrece al contrario dudas y obscuridad».

«y si bien puede equivocarse; pero lo que el Arzobispo sabe de cierto, y enseña la religión, ley de Dios, es, que ningun juramento vale, ni puede hacerse sin plena y perfecta libertad, sin verdadero conocimiento, certidumbre y seguridad de lo que se jura, y sin sus condiciones esenciales que son, verdad, justicia y necesidad, de todos los cuales requisitos carece, o le faltan los datos al efecto necesarios».

«y lo dicho se entiende aun cuando el no jurante se equivoque o padezca error, y por ignorancia siga tal conducta, por que a eso está todo el mundo obligado, a no jurar (ni aun afirmar simplemente) lo que no sabe, o dejar de jurar cuando no sabe lo que jura, sea por la causa que fuese. Ni esto perjudica en lo mas mínimo al derecho del interesado, ni a la verdad que realmente en si sea, o se declare por la autoridad lejítima, ni el dejar de jurar es negar ningun derecho a nadie, solo quiere decir carece uno de la claridad o certidumbre necesaria para jurar una cosa. ¿y este es algun delito por el que se pueda hacer cargo a ninguna persona? El primero que provocó en el público la cuestión a la dificultad de la actual sucesión, fue el mismo Gobierno, o sea el ministerio, principalmente en los inpresos y documentos que publicó y circuló por la causa de las hembras, como documentos ocultos y desconocidos los más interesantes que se figuraban para ella, además de otras memorias que se compusieron, o a lo menos se imprimieron de orden superior para el mismo fin, haciendo ver la superioridad por estos mismos medios sus fuertes dudas, y que no se tenía su causa por firme y corriente en la legislación española. ¿Cómo es posible, pues, ni cabe el censurar a nadie por que haya tenido las mismas dudas y ocurrencias, y vístose perplejo entre las opiniones y sentimientos de la materia?»

«No, señor, no: sea el rey o reina quien quiera que fuese, o quieran las leyes, y se ponga al frente por el Gobierno o la Nación, como ahora se ha hecho, el Arzobispo así se queda y a todo se rinde, como lo hizo hasta aquí, viviendo en un estado absolutamente pasivo, sin tomar la menor parte, ni vía ninguna de hecho, ni fuerza contraria, en cuya razón nadie le ha puesto, ni será capaz de oponerle con verdad la más leve tacha, y se lisonjea de no variar nunca en este sistema, por que es el propio de su caracter y modo de pensar, enemigo de revoluciones ni facciones militares, y entregado totalmente al de su ministerio, que es el pacífico de la Religión y de la Iglesia de Jesucristo.»

«Si por cierto, este es el sistema del Arzobispo, y en su virtud llevó toda su atención la religión de juramento, fuera de la cual no habriamos tenido la menor contestación. ¿Quien es capaz, a la verdad, de apreciar en toda su extensión la importancia y la necesidad de graduar todo el rigor y delicadeza de este acto, que siendo todo religioso es un auxilio de los mas fuertes de la política sobre el que estriva y rueda la sociedad humana, y estan afianzados todos los gobiernos?»

«En efecto, la administración de justicia, todos los intereses, las pruebas y averiguaciones, los bienes, la vida el honor, los empleos y obligaciones de las Autoridades, de las mas altas a las mas bajas, todo rueda y se afianza principalmente sobre la religión del juramento: mientras esta florezca inviolable y viva con el respeto que le es propio, tendrá la Sociedad y los Gobiernos uno de los apoyos y excelencias mas grandes que la Religión le dispensa y que Dios Omnipotente tenia proporcionado al genero humano.»

«Así es que el juramento se ha mirado en todas las edades por el acto más sagrado, respetable, vigoroso y el mas tremendo que se conoció entre los hombres desde el principio del mundo hasta hoy, y hombres de todas castas y religiones, bárbaros y no bárbaros, gentiles y judios, cristianos, hereges y mahometanos; todos miraron el juramento con el último temblor y escrupulosidad aun por sola la idea de sus falsos Dioses. ¡Ay pues del genero humano, y hay de los pueblos en donde este celestial elemento llegue a corromperse, a perder su infinita veneración y su fuerza! ¿Quién es capaz de calcular los trabajos, injusticias y desordenes que de ahí se originan? ¿y quien podrá graduar el peso de las venganzas de Dios contra la prevaricación y abuso sacrílego si se hace de este su tan adorable mandamiento? ¿y que diremos contra las autoridades que el Señor ha dispuesto para su fiel observancia y ejecución y mantener el honor del mismo Dios? Especialmente está esto cometido y mandado a los Prelados de su Iglesia que son por su ministerio los propios reguladores de los actos morales y religiosos, y debemos ser los primeros, los mas delicados, exactos y escrupulosos en cumplirlos y en dar ejemplo a todo el mundo. Pero aun las leyes civiles del universo en todos los siglos han inculcado a las suyas este cargo y esmero con el mayor rigor, y sobre todo se pueden ver las españolas tan expresivas en la materia, que recargan extraordinariamente a los Obispos para que celen, clamen y esciten fervorosamente a todas las demás Ultoridades el cumplimiento rigoroso de aquellas leyes y castigo de los infractores. A esto pues, repito, está reducido todo el asunto, nó a disputar derecho ninguno, sino a no afirmar con juramento lo que uno no sabe de modo que pueda jurarlo, como nunca es permitido hacerlo sin los comités y requisitos del juramento, que por ley terribIlísima de Dios están intimados a los hombres: Et jurabis: vivit Dominus in veritate et in juditio et in justicia. Jerem. Cap. 4; v. 2. =Dios guarde a V. E. muchos años.–Toledo 29 de Enero de 1834. =El Cardenal Arzobispo de Toledo.–Señor D. Mariano Milla, Secretario de la Camara de Castilla.»

«Execmo. Sr. =En oficio de ayer me dice V. E. de real orden que después de manifestar en mi exposición de 27 de Febrero próximo pasado, que reconozco totalmente, y sin restricción alguna ni de hecho ni de derecho, el de la sucesión a la Corona de la reina nuestra señora doña Isabel II, todavía me retraigo de prestar el juramento de lo que asegura reconocer, sin embargo de que el vínculo de este es de práctica inconcusa en casos de igual naturaleza. Por lo cual es la voluntad de S. M. que salga inmediatamente de esta ciudad para la villa de Ocaña, lo cual puedo hacer, dice la misma real orden, sin inminente riesgo, segun dictámen de los facultativos, verificándose esta traslación con comodidad y la conveniencia posible, y en caso de no sentir novedad alguna en este primer tránsito, y con el descanso que sea necesario, seguir sucesivamente hasta Valencia y después hasta el punto que se determinaré bajo la inmediata asistencia del médico don Vicente Soriano».

«Respeto debidamente el soberano mandato de S. M. Y en consecuencia, aunque me siento imposibilitado para cualquier viaje, ni por mí haría ninguno, emprenderé no obstante el que se me manda cuanto sea posible en mi actual estado, que es muy deplorable, como manifiesta la misma declaración de los médicos, acompañado del que he proporcionado y ya tengo conmigo, pudiendo escusarse cualquiera otro para mi desconocido».

«En mi primera contestación de 4 de Diciembre último, ofrecí y prometí solemnemente sumisión y obediencia a la reina nuestra señora doña Isabel II como el pleito homenaje, que es en mí equivalente a un juramento, y aun en personas de categoría inferior a la mía se tiene su simple declaración por juramento formal. Lo propio repetí en 29 del siguiente Enero, y requerido por primera vez en 22 de Febrero último para que jurase a la señora doña Isabel II por reina de hecho y de derecho, lo hice verbalmente en el acto,y con fecha 23 por escrito, jurándola en términos expresos obediencia, reverencia, sujección, vasallaje y fidelidad, y determinadamente también en cuanto al derecho, le juré cual le tenga detante de Dios y de los hombres segun las leyes del reino. Finalmente, en 27 de dicho mes, reproduje lo mismo reconociendo nuevamente a la señora doña Isabel II por tal reina de hecho y de derecho, todo cuanto por este és y le pertenezca sin negar ni disputarle ninguno, como nunca le he negado ni disputado. Y aunque segun el citado oficio de V. E. parece no hallarse satisfecha S. M. la reina gobernadora no obstante tan repetidos juramentos y actos de reconocimiento, su real justificación me permitirá decir por conducto de V. E., con el debido respeto, que no hallo haber infringido en este punto ley alguna divina ni humana para que se me imponga ninguna pena, y menos las tan seberas y extraordinarias que me estan intimadas, por que ninguna ley contienen nuestros códigos, que ordene a los vasallos el reconocimiento jurado lisa y llanamente, cual de mi se exije, del hecho y del derecho de la sucesión ni de otra manera alguna. Hailas, si, Excmo. Sr., que ordenan prestar la obediencia y pleito homenage al nuevo monarca, y yo las he cumplido y observado con lo que tengo hecho repetidamente y jurado a la señora doña Isabel II, como dejo dicho».

«Lo que V. E. llama práctica inconcusa del vínculo del juramento, ya se entienda de la declaración jurada de los reinos juntos en Cortes en orden al sucesor inmediato que puede estenderse a discutir el derecho, y esto sin responsabilidad humana en los votos, o ya del reconocimiento individual del monarca nuevamente elevado al solio, podrá aplicarse a los casos ordinarios y corrientes de sucesiones notorias, pero no a los casos extraordinarios de particulares circunstancias, y nunca induce ni puede inducir al vasallo la obligación de jurar absoluta y asertivamente lo que no le consta con la evidencia individual, que requiere el juramento, ni por consiguiente dejando este de prestarle incurre en pena ninguna. Menos puedo haber incurrido yo, que por otra parte no tengo solamente la consideración de vasallo español sino también la de Cardenal y Arzobispo de Toledo, a quien Dios Nuestro Señor y la Santa Iglesia tiene encomendado inmediatamente el cuidado y régimen espiritual de esta diócesis, cuyas sagradas obligaciones y derechos solo la misma Santa Iglesia puede relajar y destruir, no obstante lo cual se destruyen de hecho y no pueden ejercitarse ejecutándose en mi las penas indicadas.»

«Ruego pues a V. E. que se sirva hacerlo todo presente a S. M. la reina gobernadora para los efectos correspondientes, inclinando su real ánimo a reformar la expresada resolución. Dios guarde a V. E. muchos años. Toledo 2 de Marzo de 1834. =El Cardenal Arzobispo de Toledo.=Excmo. Sr. Secretario del despacho de Gracia y Justicia.»

Contestación al oficio en que por última vez se pide que haga el juramento.

«Enterado de la Real orden de S. M. de ayer 4 del corriente, que recibí en el dia de hoy, terminante a que haga ante el Comisionado régio don José de Mier del Consejo y Cámara de Castilla, y del Escribano de Cámara, que le acompaña, igual manifestación a la que dije en mi oficio de 2 de este propio mes haber hecho verbalmente en 22 de Febrero último, y es la que en el mismo consta sobre el debido reconocimiento de la reina nuestra señora doña Isabel II, repito dicha manifestación en los mismo términos que la hice y aparece en mi citado oficio de 2 del presente mes. Toledo 5 de Marzo de 1834.–El Cardenal Arzobispo de Toledo».

III. D. Pedro Inguanzo y Porres

El Excmo. Sr. don Pedro de Inguanzo y Porres, Rivero y Topete, marqués de los Altares, Maestrante de caballería de Granada, Diputado a Córtes y Senador del Reino, hijo primogénito y sucesor en los mayorazgos que poseyó el distinguido jurisconsulto y juez especial en la famosa causa de El Escorial a principios de este siglo señor don Juan Antonio de Inguanzo y Rivero y de doña Antonia Porres y Topete su mujer de la casa de los condes de Canilleros de Extremadura, hermano y sobrino respectivamente del Cardenal primado de las Españas don Pedro Inguanzo y Rivero; después que mejoró considerablemente su casa palacio de la Herrería en la parroquia de Vivaño, y de haber construido la magnífica capilla de Nuestra Señora de la Salud o de los Altares, inmediata a su casa solariega de la aldea de la Carua, arrabal de esta villa, contrajo matrimonio en Madrid con la señora doña María de la Concepción del Aguila y Ceballos, Marquesa de Espeja, y tuvo varios hijos que murieron en la infancia, escepto uno llamado don Juan Luis de Inguanzo y del Aguila.

Cuando en el año de 1855 invadió esta villa la epidemia colérica, tuvo el señor don Pedro Inguanzo la desgracia de perder a su anciana y virtuosa madre doña Antonia Porres y Topete, y a su esposa doña Maria Concepción del Aguila y Cevallos, quedando solo en compañía de su hijo que entonces contaba diez y seis años de edad. Pronto la muerte alcanzó también a este joven, pues fue arrebatado por ella en año de 1859. Era don Juan Luis amantísimo y ejemplar, bondadoso y caritativo con los pobres a quienes se complacía consolar en sus infortunios, y socorrer en sus necesidades; y revelaba en sus cortos años unas disposiciones, una memoria y un talento nada comunes, que no solo por ésto, si no también por su fortuna y grandes relaciones de parentesco entre los poderosos le brindaban un povenir risueño, siendo a la vez una esperanza para Llanes, en vista del inmenso amor y cariño que le profesaba.

Solo, sin padres, sin esposa y sin familia, don Pedro Inguanzo y Porres, imitando el ejemplo de sus predecesores y aun el de su hijo, se dedicó al socorro de los pobres y al bien de sus semejantes, en lo que invertia sus cuantiosas rentas.

Ocho años, desde 1860 a 1868, y noventa mil duros próximamente, segun la cuenta por menor llevada, costó la construcción del Palacio de los Altares sobre el solar de la antigua casa, y el mejoramiento de las posesiones que le circundan, cumpliendo con esto un pensamiento que habia abrigado su hijo don Juan Luis. Nadie trabajó allí que no fuera exclusivamente de este concejo, ni ninguna clase de materiales se emplearon que no fueran producto del pais; hacer, deshacer, y volver hacer de nuevo, estar entre los jornaleros y conversar con ellos, era el elemento de vida del señor Marqués.

De doce a quince duros repartia todos los sábados a los pobres a la puerta de su palacio, después de hacerles rezar un padre nuestro por el alma de sus obligaciones; algunas viudas y pobres vergonzantes recibian además un socorro de uno a nueve duros mensuales, amén de las infinitas limosnas que hacia en la calle o mandaba por sus criados a las casas de los más necesitados.

Muchos de sus colonos que se atrasaban en el pago de la renta, venian a implorar algun tiempo de espera, y les daba el importe de la deuda para que pagasen a su administrador a fin de que no les apremiase; de modo que no es aventurado asegurar que don Pedro Inguanzo y Porres era la caridad viviente para los pobres y el consuelo y la providencia de los desgraciados.

En la suscripción iniciada el 29 de Diciembre de 1862 para establecer un colegio de primera y segunda enseñanza en esta villa, y de cuya junta promovedora era vocal el señor Marqués, se suscribió con la suma de sesenta mil reales vellón.

Falleció este buen señor, que nunca será bastante llorado, el dia 14 de Abril de 1876, a los sesenta y nueve años de edad, después de recibir los Santos Sacramentos, pero sin testar; pues no puede llamarse legalmente testamento su voluntad última, manifestada verbalmente antes de morir, a su señor sobrino don Miguel de Mayoralgo y Obando, Conde de Canilleros, esposo de la heredera universal, por la cual voluntad ordenaba se diese a todos sus dependientes y criados, una cantidad alzada a los primeros y sueldo de mayor o menor importancia a los otros durante su vida, y de la que tomó nota aquél señor Conde, que dió a conocer luego a algunas personas distinguidas de esta villa y con el difunto emparentadas.

Con la muerte del dicho señor marqués, quedaron extinguidos todos los vínculos que poseía, y acabaron los ilustres apellidos de Perez de Bulnes, Gonzalez de Buerdo y de Inguanzo en Llanes.

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