La Montaña Mágica   La Montaña Mágica
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Agosto de 2004
Hoteles en Asturias y Cantabria
páginas 58-64

Casonas con vistas a los Picos de Europa

«La comarca cántabra de la Liébana y las sierras asturianas del Cuera y del Sueve ofrecen las mejores perspectivas de la abrupta crestería caliza de los Picos de Europa. En ellas se alzan casonas de arquitectura tradicional que invitan a emboscarse por las saucedas de ríos salmoneros, cabalgar en caballos asturcones o tumbarse a la bartola en las playas de Llanes.»

Andrés Asensio

Paisajes únicos, sólo comparables a los descritos por Thomas Mann en su novela La Montaña Mágica En 1881, Alfonso XII estaba tiroteando rebecos en la zona cántabra de los Picos de Europa cuando se le antojó visitar una aldea lebaniega. Avisado del asunto, el rústico alcalde preguntó a los del protocolo cómo reconocería al rey entre tanto elegante cazador, y le dijeron que por ser el único que iría con la cabeza cubierta. «¿Sabe usted cuál de nosotros es el Rey?», le espetó, no más llegar la comitiva, el que, por indicios sombreriles, debía de ser el monarca. A lo que el alcalde, que aún no se había quitado la boina, contestó: «O eres tú o soy yo.» Al Rey le gustó tanto la respuesta, que nombró al alcalde Caballero Cubierto, y a aquella aldehuela, Villa Real. Dos reyes después, en la Liébana ya no cabe un alfiler y menos con sombrero. Encajonada entre la Cordillera Cantábrica y el macizo oriental de los Picos de Europa, ocupa un valle harto estrecho para las riadas humanas que acuden al reclamo del Monasterio de Santo Toribio, la iglesia románica de Piasca, la mozárabe de Lebeña, el teleférico de Fuente Dé (optimizado para acarrear a 6.000 personas/día, y ni por ésas). Riadas que, al confluir en la capital, Potes (15 hoteles, 19 restaurantes, 21 bares…), hacen que uno sienta nostalgia no ya de aquella villa medieval donde el marqués de Santillana rimaba sus serranillas sino de la Gran Vía madrileña.

«Aunque ventero, soy cristiano.» Esta chanza cervantina podría suscribirla Luis Alberto Lombraña, dueño de un hostal y de un pub en Potes que, cuatro años ha, se apiadó de los ingenuos que venían buscando paz a la Liébana y montó La Casa de Frama, una posada de sólo seis habitaciones, a dos kilómetros de Potes valle arriba, separada del humanal ruido por un puente medieval donde los coches pasan raspando, al amor de un encinar y con un increíble panorama de los Picos. Al principio había restaurante, pero viendo que la sobremesa se alargaba hasta las cuatro de la mañana Luis Alberto optó por el silencio. Piedra, madera y forja son los materiales de que está hecha esta flamante casona montañesa de dos plantas, con amplias habitaciones –las mejores, por vistas, las llamadas Encina y Haya– arropadas por paredes y telas de vivos colores.En el jardín hay abedules. Magnolios, membrillos e incluso un olivo que medra en el clima milagrosamente mediterráneo de este valle cántabro. Y allí mismo, en la ladera del monte, un pequeño bosque de encinas y un sendero zigzageante con banquitos donde es muy sabroso sentarse a escuchar el silencio ya casi olvidado de la Liébana, mientras el sol poniente sonrosa las blancas calizas del macizo de Andara.

Bordeando el macizo por el cauce del Deva se dejan atrás los soleados encinares de la Liébana para sumirse en la penumbra perpetua de la garganta de la Hermida, que más que una garganta es un esófago donde se siente uno tragado, según dictaminó Galdós. No vuelve a verse el astro rey hasta llegar a Panes, ya en Asturias, donde cabe resarcirse de tanta lobreguez subiendo al cielo de la sierra del Cuera por una carretera que, apoyándose en un palmo de la ladera herbosa, conduce en tres kilómetros de auténtico rally hasta Alevia, un pueblín colgado a 350 metros sobre el valle de los ríos Cares y Deva, reventón de saucedas y salmones como cochinillos. Aquí, tras una predosa cancela de varas de avellano entrelazadas, abre sus puertas la Casona D'Alevia, una casa de labranza del siglo XV que Lupe González, profesora de artes decorativas ha llenado de esculturas, recuerdos familiares –incluidas las cestas que hacía el abuelo Agapito– y antiguallas recicladas como un pupitre reconvertido en descalzadora o un palanganero en toallero. La impresión es de cajón de sastre, hasta uno palpa los colchones de látex, las sábanas de algodón egipcio rematadas con bordón y las mantas de pura lana de Vall de San Lorenzo (León) que ya las quisieran muchos hoteles de cinco estrellas.

Muros de piedra 80 centímetros y suelos de madera de castaño dos veces centenarios envuelven las nueve habitaciones de la Casona D'Alevia, dos de ellas (la 8 y la 9) tipo dúplex, con el dormitorio en un altillo abuhardillado, una especialmente elegante y confortable, la 6 con una cama monumental procedente del palacio madrileño de Linares y un ventanal abierto al valle, el cual es de un verde embriagador. Otra grata estancia es el salón con chimenea y piano Caveau, donde se celebran recitales con músicos profesionales, lo nunca visto en esta aldea de 60 habitantes.

En el mismo salón se sirve el pantagruélico desayuno –huevos fritos con panceta, embutido, queso, tortos de maiz artesanales, bizcochos...–, quizá excesivo para bajar acto seguido a repanchigarse en la playa de la Franca, pero no triscar todo el día por la sierra del Cuera, que es a lo que viene un alto porcentaje de los clientes de la Casona D'Alevia. La excursión más recomendable, y de la que en el hotel se ofrece una detallada información, es la ascensión al pico del Paisano (dos horas y media, ida y vuelta), desde donde se domina de una sola ojeada circular el Mar Cantábrico y los Picos de Europa.

Vista de los Picos de Europa desde un balcón de La Montaña Mágica

Con ser espectaculares, los emplazamientos de los anteriores hoteles no pueden competir con el que goza La Montaña Mágica, un complejo de turismo rural que se aúpa sobre el pico Cuanda, en el concejo de Llanes, dominando a través del desfiladero del río de las Cabras los macizos occidental y central de los Picos, este último presidido por el colosal tocón del Naranjo de Bulnes. El único término de comparación que admite este escenario es el de los paisajes alpinos de Davos descritos por Thomas Mann en La Montaña Mágica, de ahí el nombre del establecimiento y las ediciones en 35 idiomas de la susodicha novela que se exhiben en su biblioteca.

La Montaña Mágica es la obra de Carlos Bueno, un ovetense hiperactivo que en 1992 adquirió una granja en ruinas. Él solito se lo curró todo para poder ofrecer, a día de hoy, 14 habitaciones con chimenea y bañera de hidromasaje, a un precio –desde 48 €– que se nos antoja, como el paisaje, de ficción. Todo ello en dos coquetas casas de color amarillo a las que ciñe un jardín engalanado con flores exóticas, helechos arborescentes de Tasmania y un hórreo del siglo XV en perfecto estado.

La finca, de 50.000 metros cuadrados, abarca una pradería donde pastan un rebaño de ovejas xaldas y una manada de asturcones, caballejos mansos –contrariamente a lo que suele pensarse y pregonarse, de esta raza autóctona– con los que los huéspedes pueden salir a cabalgar hacia el cercano pico del Castillo para otear el mar. A pesar de tener a sólo diez kilómentros las mejores playas de Llanes (Niembro, Torimbia, Barro, Celorio…), Carlos está ultimando los preparativos para construir un spa ecológico, él dice que para atraer a la clientela fuera de la temporada estival, pero la realidad es que no sabe estarse quieto.

 


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