José Ignacio Gracia Noriega

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La concesión del premio «Príncipe de Asturias» de la Concordia a una figura, ya más histórica que política (no porque esté en edad de jubilarse, sino porque asumió su retirada con singular y ejemplar discreción), como Adolfo Suárez, merece considerar nuevamente el período histórico del que fue protagonista casi absoluto. Período sobre el que se ha exagerado más de la cuenta en ocasiones y que, con el nombre de «transición», incluso se ha pretendido exportar, por ejemplo, a Rusia, en un curioso contubernio orquestado por Alfonso Guerra y Mario Conde, sin reparar en que, en España, el régimen anterior había dejado los supermercados abastecidos, y en Rusia, por el contrario, sólo quedaban las ruinas de una ideología totalitaria. La «transición» fue el paso de un estado autoritario a otro democrático por medio del «consenso». Naturalmente, los capitanes de la maniobra procedían de las filas autoritarias. La segunda restauración borbónica estaba prevista como la continuidad del Movimiento Nacional; en su lugar, se convirtió en la monarquía del Estado de las autonomías (según mandato constitucional). Por ello, no es de extrañar que el antiguo secretario general del Movimiento fuera el encargado de separar el lastre del Movimiento de la Monarquía. Por aquellos inicios de la «transición», ni la monarquía ni Suárez inspiraban la más mínima con fianza entre los «demócratas» (algunos, de recia ejecutoria stalinista). Recuerdo una reunión socialista en el puerto de Tarna, a la que acudió un dirigente ugetista de la clandestinidad, creo que vasco, el cual se refería al entonces jefe de Gobierno llamándole Adolfo «Hitler» Suárez, chocarrería que provocó el aplauso de los compañeros mientras el joven dirigente González Márquez se proclamaba republicano y se negaba a usar corbata. Mérito de Suárez fue prevalecer en este ambiente y lograr su objetivo principal: «La pacífica transición venía a certificar que la España conservadora-canovista ya había muerto en 1975 —escribe Carlos García de Cortázar—; quedaba, eso sí, la tarea de adecuar las estructuras políticas y sociales a la sociedad «light», con una cultura igualmente «light», «que esconde su falta de creatividad y compromiso bajo la reivindicación de lo efímero, lo populista o lo provocador». El «centro» es el gran invento de esta época, junto con la palabra mágica «democracia», que en español significa muchas más cosas que en cualquier otro sistema político: ya que «democracia» es desde «solidaridad» hasta «sociedad civil»; desde permisividad hasta esa forma elemental de educación que consiste en saber escuchar. En cuanto al éxito político del centrismo, lo ratifican González Márquez antes y Aznar ahora, ambos también centristas.

La «democracia», que es lo que vino después de la «transición», fue un pacto de no agresión entre indiferentes: a eso se le llamó «consenso». Unos dejaron de ser «marxistas»; en realidad, no lo habían sido sino por la vía de la multiplicación de las prebendas políticas, descubrieron «el discreto encanto de la burguesía», por citar la obra de un artista que fue emblemático de la progresía de antaño; otros abandonaron sus modales bruscos y sus gestos de tarzanes, también en favor del acomodo. España cambió, poniendo todo un poco de su parte, para que no cambiara nada: el ideal del príncipe Salina. Se decidió trasladar la guerra civil a los negociados del olvido, pero lo único que se hizo fue convertir en nobles héroes a quienes la perdieron, siempre por medio de obras subvencionadas por todos; se fragmentó España en reinos de taifas para atender a las exigencias de pocos; se concedió prioridad a las minorías (lingüísticas, sexuales, etcétera), lo que no concuerda del todo con el concepto de «democracia». Y a base de renuncias y compadrazgos se alcanzó la almonede moral y eco nómica. Los españoles vivimos pacíficamente, es cierto, pero los terroristas siguen matando y los navajeros imponen su ley; y no hemos de perder de vista que el famoso «cabreo nacional», aun que ahora subterráneo por el qué dirán, ahí sigue. Que un señor quiera casarse en la lengua que le da la gana no es concordia, sino pasotismo; el que defiende la concordia es el juez que se lo impide. Más, cuando menos.

 
La Nueva España • 29 de Septiembre de 1996
 

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